Lana Del Rey | Norman Fucking Rockwell!

Written by on 10 septiembre 2019

A lo largo de su carrera, Lana Del Rey ha solido alternar singles históricos (‘Video Games’, ‘Young & Beautiful’, ’Honeymoon’, ‘Love’) con “album tracks” estelares y una serie de canciones menos aptas para el público generalista y más para esos fans que buscan profundizar en el particular mundo de melodías sedadas y letras sobre amores, drogas y decadencia  creado por Del Rey en su discografía. ‘Norman Fucking Rockwell!’, el quinto álbum de la cantautora neoyorquina producido por un Jack Antonoff , podría haber sido el primer álbum verdaderamente perfecto de Del Rey, pero la cantante, muy fan de hacer álbumes largos, ha decidido ampliar su contenido con una serie de canciones que no encajan con la estética general del disco o que simplemente son muy inferiores. Así que nada nuevo bajo el sol: ‘Norman Fucking Rockwell!’ vuelve a ser un trabajo lastrado por su duración y por una secuencia irregular, en este caso durante su tramo medio, pero que a su vez da luz a algunas de las mejores cosas que ha firmado Del Rey jamás.

Las primeras las escuchamos hace casi un año. Fue en septiembre de 2018 cuando Del Rey anunciaba que su nuevo álbum saldría a principios del año siguiente y lanzaba un par de canciones brillantes, ’Mariners Apartment Complex’ y ‘Venice Bitch’, en las que la artista demostraba que su madurez como compositora había alcanzado una nueva cima. Si la primera conmovía con su sofisticada sencillez propia de las grandes baladas de amor de los años 70 (Del Rey siempre ha sido fan de Neil, Leonard, etc.), la segunda sorprendía adoptando una forma épica inédita en el catálogo de Del Rey hasta la fecha: son casi 10 minutos de canción en la que Lana despliega una serie de melodías preciosas y adorables, casi Disney, mientras ella y Antonoff desenredan el tema instrumentalmente hacia los lugares libres e inesperados del surf rock, el pop pastoral y la psicodelia. Con estos sonidos, Del Rey y Antonoff crean un tapiz de sonidos capaces de envolver a Elizabeth Grant en unas densas capas de guitarras eléctricas y sintetizadores que, sin embargo, parecen esfumarse como el humo en el momento más inesperado. El buscado contraste de ‘Venice Bitch’ entre la claridad de las melodías y la suciedad de su instrumentación da lugar a una composición tan visual y a la vez tan etérea como un sueño.

Tanto ‘Mariners Apartment Complex’ como ‘Venice Bitch’ (sobre todo la primera) arman la base del sonido de ‘Norman Fucking Rockwell!’. Hay un poco de Brill Building, un poco de surf-rock, un poco de balada clásica tipo Neil Young, Carpenters… y otras cosas en este trabajo producido por un Antonoff que ha conseguido que Del Rey suene especialmente cercana y honesta a pesar -o gracias a- sus personales trucos de producción.

Antonoff dobla la voz de Del Rey varias veces a lo largo del disco, de manera especialmente brillante en la outro de ‘The greatest’, mientras la presencia en el largo de arreglos orquestales, que se imponen desde el principio con el maravilloso tema de apertura, que titula el álbum; guitarras, pianos y una especie de teremín sintetizado; o, por el contrario, la casi total ausencia en el disco de beats electrónicos propios del trap o el hip-hop (tampoco hay “featurings”) aportan unidad a un conjunto que podría haber dado lugar al trabajo más clásico y atemporal de Del Rey, pero que la propia artista se encarga de dispersar con una serie de temas que no siguen su misma dirección. Sí, voy a ser la persona aburrida que diga que la versión trip-hop de ‘Summertime’ de Sublime -hecha por encargo, no hay que olvidarlo- no pinta nada por aquí; que ‘The Next Best American Record’ fue un descarte de ‘Lust for Life’ con razón, que el homenaje a los clásicos navideños de la Motown en ‘How to Disappear’ parece producto de un mash-up y que tanto ‘Cinnamon Girl’ como ‘California’ están compuestas con el mismo piloto automático con el que Lana ha escrito tantas de sus canciones más secundarias, muchas de ellas presentes en las segundas mitades de sus discos. Ninguno de estos temas se acercan al nivel de las grandes hallazgos incluidos en ‘Norman Fucking Rockwell!’ y lo peor es que casi todos ellos suenan seguidos durante el tramo medio del álbum. Casi tan pronto como en la pista 5 te encuentras preguntándote dónde demonios se ha metido ese disco que había empezado con al menos tres clásicos absolutos, y que por suerte vuelve a aparecer hacia el final.

Tal crecimiento artístico muestra Del Rey en ‘Norman Fucking Rockwell!’ que la irregular secuencia del álbum puede considerase una pequeña tragedia para el pop. Sin embargo, son muchos los momentos en que las canciones del disco deslumbran y en ‘Norman Fucking Rockwell!’ hay, en mi modesta opinión, un álbum de al menos 9 canciones y 44 minutos (lo mismo que duraba ‘Tapestry’) que podría haber sido el mejor de su carrera.

Es grandiosa la balada orquestal que titula y abre el álbum y no solo por su cómico retrato del típico “chico grande” convertido en poeta maldito, incapaz de madurar ni siquiera cuando una mujer como Lana fucking Del Rey se le pone por delante; sino también por una de esas melodías celestiales que harían escapar de la tumba al mismísimo Frank Sinatra solo para poder escucharla en alta fidelidad. Más modestamente, ‘Love song’, también con el piano como instrumento principal y el acompañamiento de las cuerdas, sobrecoge con una historia de amor clásica como una película romántica de los años 50 y una letra que casi resume toda la discográfica de Del Rey en una simple frase: “be my once in a lifetime, lying on your chest, in my party dress, I’m a fucking mess”.

Incluso una canción algo menor como ‘Bartender’ (que no obstante acoge la gran frase citada antes) consigue conquistarte con sus carismáticos “bar-t-t-tender” y sus “ha ha ha ha”, tan graciosos que logran hacerte olvidar la obvia inspiración del tema en ‘Hallellujah’ de Leonard Cohen.

Y ‘The greatest’ es otra de las grandes composiciones de ‘Norman Fucking Rockwell!’ como ya hemos explicado, pero además sus referencias explícitas (Kanye, The Beach Boys, etc) e implícitas, así como su delicada producción y sobre todo su emotivo outro, la convierten en una de las composiciones mas ricas y fascinantes firmadas por Del Rey. Aunque su aura de canción final y definitiva, casi apocalíptica (“the culture is lit and I had a ball / if this is it, I’m signing off”) significa que sería un mejor cierre para ‘Norman Fucking Rockwell!’ que la introspectiva ‘hope is a dangerous thing for a woman like me to have – but i have it’, ‘The greatest’ es desde su estreno un evidente clásico.

Algunos considerarán un mal menor desde que existe el streaming que los discos sean irregulares, pues con borrar las canciones que no te gustan tú mismo o misma puedes armar tu disco perfecto. Pero para los que opinamos que hacer un álbum coherente y unificado aunque cada canción adopte un género distinto sigue siendo un arte en sí mismo, cabe lamentar que ‘Norman Fucking Rockwell!’ no haya optado esta vez por el menos es más. A diferencia de lo que sucedía con ‘Lust for Life’, un álbum en el que incluso canciones tan irrelevantes como “God Bless America” contaban dentro de la unificada y subyugante experiencia que ofrecía el álbum, ‘Norman Fucking Rockwell!’ parece la unión forzada de dos obras distintas.

En este sentido, Del Rey ha perdido la oportunidad de hacer un álbum tan cohesivo y potente de principio a fin como los que este año han publicado sus colegas Ariana Grande o Billie Eilish… o incluso tan sólido y atemporal en su visión retro como un ‘Back to Black‘. Aunque nunca ha estado tan claro que Lana tiene un clásico dentro de ella como en este trabajo que ha sido capaz de darnos composiciones tan sobresalientes como ‘Venice Bitch’ o ‘Mariners Apartment Complex’, la artista sigue teniendo un problema de selección y filtro que ha sido obvio sobre todo desde ‘Honeymoon‘. Con tijera y más enfoque, ‘Norman Fucking Rockwell!’ sí sería la “obra maestra” que algunos medios ya se están apresurando en anunciar. De momento, lo que llega al mercado es otro importante capítulo en la carrera de uno de los mayores iconos pop del siglo, irregular pero cuyas cumbres son brillantes, cuando no simplemente insuperables.


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